Luca vivía en un intenso aire de violencia. En su caja sólo se escuchaban los maltratos de su padre hacia él. El piso lleno de sangre, saliva y vidrios rotos. Luca siempre estuvo sólo, tuvo la gran fortuna de ser adoptado por una familia de golpeadores. Los puños de ellos equivalían a millones de metales golpeando sin sutileza su pobre cuerpo.
Porque, sólo era un niño cuando todo comenzó.
Su padre empezó a beber,
una o dos copas al día, inevitablemente, la adicción a ellas era su modo de salvación, como decidió
llamarlo, muy pocas veces se encontraba sobrio. Y cuando solía hacerlo, el de
cabellera rubia jamás estaba.
Debido a esto, su padre
nunca logró ver lo mucho que lastimaba a su hijo, y eso era lo peor de todo. El
niño lloraba, pataleaba, pero ni se inmutaba por nada. Estaba completamente
embobado, perdía la noción del tiempo, olvidaba que el de ojos azules
era su hijo adoptivo.